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Se esclarece el secreto de la vida verdadera

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“En Jesucristo el ser humano encuentra la respuesta a sus más profundos anhelos y ansias de vida, pues Él es verdadero alimento para el hombre”.

En los últimos tres domingos venimos leyendo en el evangelio de la misa el capítulo seis del relato de San Juan, en este capítulo Jesús presenta la obra de la redención mediante la imagen del alimento; narrativamente el texto avanza por la controversia entre los galileos y Jesús, ellos se resisten a aceptar la obra de Dios en Jesucristo y Jesús les responde esclareciendo la revelación del Padre del cielo. En los versículos que leemos hoy (Juan 6, 51-58) Jesús descubre el sentido de la metáfora: el pan es la misma persona de Jesucristo y comer este pan significa aceptar la vida que ofrece Jesús.

Nuestra lectura del texto terminaba hace ocho días con la revelación de Jesús: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo, El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que daré es mi carne por la vida del mundo». En el prólogo del evangelio según San Juan el término ‘carne’ hace referencia a la condición del Verbo encarnado: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (1, 14). El pan ‘bajado del cielo’ es el Verbo encarnado, es decir, la persona de Jesús de Nazaret.

En este contexto Jesús está anunciando que Él va a entregarse a sí mismo para que el mundo tenga vida.

El domingo anterior leímos que los judíos conocen el origen humano de Jesús pero ignoran que viene del cielo, ahora este escándalo se amplía al escuchar que el ser humano halla la salvación por la entrega que Jesús hace de su propia vida.

Dentro de la imagen metafórica del alimento, a través de la cual se viene presentando la salvación, la acción de ‘comer’ indica aceptar el don del pan, ‘comer’ es apersonarse del alimento. Este es el nuevo recelo de los judíos, Jesús pretende ser ‘alimento’ para el hombre: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús explica por qué y cómo quien lo acoge a Él llega, por esa acogida, a tener una vida que no muere; explica por qué y cómo comer la carne del Hijo del hombre hace al hombre inmortal.

En primer lugar tenemos el porqué: «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». En los escritos del Nuevo Testamento el binomio carne/sangre indica la condición humana (véase Mateo 16, 17). Tenemos entonces a Jesús afirmando que su persona sacia plena y suficientemente al hombre; en Jesucristo el ser humano encuentra la respuesta a sus más profundos anhelos y ansias de vida, pues Él es verdadero alimento para el hombre.

En cuanto al ‘cómo’ Jesús afirma que quien lo acoge a Él entra a participar de la vida de comunión profunda que hay entre Él y el Padre del cielo; esta revelación se presenta en dos desarrollos, el primero indica que comer y beber lleva a quien lo realiza a permanecer en Jesús. Y aquí nos apartamos nuevamente de la metáfora del alimento, pues en el plano del alimento natural, éste se convierte en parte de quien lo come. ‘Somos lo que comemos’ dicen los nutricionistas.

En cambio, el ‘comer la carne del Hijo del hombre’ lleva a quien la come a permanecer en el Hijo del hombre y al mismo tiempo el Hijo del hombre permanecerá en quien lo come: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este ‘habitar’ es realidad de comunión profunda y vital entre Jesús y el discípulo y esta comunión a su vez introduce al discípulo en la comunión del Padre con Jesús: «Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí».

En esto consiste la vida que Jesús anuncia y quiere comunicar: participar de la comunión de Jesús mismo con el Padre del cielo y esta comunión colma las ansias más hondas del ser humano.