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TRIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C (OCTUBRE 23 DE 2022)

DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

MONICIÓN DE ENTRADA

Queridos hermanos, una vez más nos congregamos en este lugar para celebrar la Santa Eucaristía, como una sola familia que se une en oración.

La liturgia en este Trigésimo domingo del tiempo ordinario (hoy también Domingo Mundial de las Misiones) nos envuelve en ese ambiente de oración.

Las lecturas del domingo pasado nos invitaban a orar con insistencia; hoy nos piden hacerlo con humildad para que nuestras plegarias sean escuchadas.

Con esa misma actitud humilde, reconociendo nuestra necesidad de Dios, comencemos la celebración de estos misterios. De pie, cantamos.

 

MONICIÓN ÚNICA PARA TODAS LAS LECTURAS

La oración es el tema central de las lecturas de hoy. Los textos coinciden en que el Señor no hace oídos sordos a la oración de los humildes. En el pasaje del libro del Eclesiástico, Dios atiende los gritos del pobre, del oprimido, del huérfano o de la viuda. Igual leemos en el salmo. San Pablo da gloria a Dios que siempre le ha escuchado y de quien espera su corona. Y en el evangelio, Jesús prefiere la sencilla oración del publicano antes que la palabrería orgullosa del fariseo. Con humildad y sencillez dispongámonos a escuchar esta Palabra.

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Eclesiástico (35,12-14.16-18)

EL Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas.

Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido.

No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento.

Quien sirve de buena gana, es bien aceptado, y su plegaria sube hasta las nubes.

La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino.

No desiste hasta que el Altísimo lo atiende, juzga a los justos y les hace justicia.

El Señor no tardará.

Palabra de Dios.

 

SALMO RESPONSORIAL

El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

 

El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

 

El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.

El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18)

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe.

Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.
En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. ¡No les sea tenido en cuenta!

Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:

“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

 

HOMILÍA

Nos es más que conocida la parábola del fariseo y del publicano. Ambos personajes representan los dos extremos religiosos de la sociedad judía. La parábola, según el primer versículo, va dirigida a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás (v. 9). Al leer o escuchar la parábola, fácilmente nos identificamos con el publicano, aunque nuestro comportamiento tenga más del fariseo, porque acostumbramos a pedir perdón, aunque muchas veces vaya revestido de una falsa humildad, forma sutil del orgullo encubierto.

El fariseo era una buena persona, era un hombre piadoso, cumplía la ley, ayunaba más de lo mandado, solo él era bueno, su corazón estaba lleno de orgullo y agradece a Dios ser mejor que los demás. Su oración es una exaltación de sus buenas cualidades y un desprecio de los demás, especialmente del publicano; considera a Dios y a los demás en función de sí mismo.

El publicano, por el contrario, era un hombre vendido a los romanos, enriquecido a base de robar a su propio pueblo, pero se reconocía pecador, necesitado de misericordia.

La oración del publicano es muy diferente a la del fariseo, no se atreve a mirar al cielo por el peso de sus pecados, no quiere ser visto, se siente indigno de estar ante Dios, solo pide su misericordia; y como dice el Eclesiástico: su plegaria sube hasta las nubes (35,16). Su forma de buscar a Dios fue la adecuada y Jesús lo declaró justificado: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (v.14).

La parábola nos muestra las dos posibles actitudes que podemos tener ante Dios en el momento de la oración, la auténtica es la de sentirnos pecadores, aceptar nuestra necesidad de ser salvados por Dios. Es cierto que así nos reconocemos en varios momentos de la Liturgia, pero nos falta la humildad que hemos visto en S. Pablo. El Apóstol ora, pero no con la jactancia arrogante del fariseo, sino con la humildad de quien reconoce que ha cumplido las tareas encomendadas, gracias a la misericordia y al poder misericordioso de Dios, no por sus propias fuerzas: el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones… El Señor me librará de toda obra mala y me salvará (v.17).

Nos resulta difícil desprendernos del fariseísmo que llevamos dentro. No siempre vemos nuestra doble vida, y la oración tampoco llega al fondo del corazón, nos quedamos en lo externo, en las apariencias. ¡Qué bonita ha sido la misa!, solemos decir, pero nos olvidamos que el culto a Dios pasa primero por el servicio al hermano necesitado. Sabemos lo que deben hacer los demás mejor que lo que tenemos que hacer nosotros, podemos rezar al tiempo que nos consideramos mejor que los que están a nuestro lado. Nuestras conversaciones y lamentaciones giran con frecuencia en torno a cómo son los demás, y por lógica, cómo somos nosotros. Tal vez sin darnos cuenta, pensemos: ¡Gracias, Dios mío!, porque no soy como los demás: dejo mi aportación económica a la Iglesia, doy mi tiempo a Cáritas, no fallo ningún domingo a misa, tengo una buena familia, soy fiel a mi esposo/a… Abundan los que acusan a los demás de aquello en lo que ellos son más culpables. En lugar de confesar su enfermedad a través del arrepentimiento, alardean de su salud comparándola con las dolencias de los demás. El orgullo espiritual tiene muchas caras y afecta a todas las clases sociales y estamentos. El fariseo ha logrado una máscara que le impide ver a los demás como semejantes a sí mismo; siempre le oímos decir lo mismo: no soy como los demás. Nuestro corazón es orgulloso y se cree más espiritual que los demás. Quizás sea este uno de los defectos más graves de nuestra sociedad. Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, transformar la historia y hacerla mejor, pero no queremos cambiarnos a nosotros mismos; pensamos que podemos cambiar la sociedad, sin cambiarnos a nosotros mismos. Preguntémonos: ¿Me siento mejor que los otros, a los que considero menos “auténticos” que yo?

En contraste con el personaje del fariseo está el publicano, quien encarna la actitud de la verdad y de la humildad. La oración del publicano es corta, usa pocas palabras y un solo grito pidiendo compasión: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador (v.13); es decir, se descubre ante Dios tal cual es y se confía a su misericordia: Ten compasión de este pecador. Su confianza está solo en Dios. Se presenta ante Dios sin esconderse, sin ninguna máscara, sin defenderse ni justificarse y se confía a su misericordia. Suplicó misericordia y recibió el perdón. Jesús dice que el publicano bajó a su casa justificado (v.14), es decir, salió transformado, ya que se había situado ante Dios en su justa posición, en verdad y humildad. Toda oración verdadera y válida supone siempre una actitud humilde.

El Evangelio de este domingo, con esta simple y profunda parábola, nos invita a descubrimos, a desenmascaramos, a desnudamos y a renovar nuestra vida ante Dios.

 

ORACIÓN UNIVERSAL

A Dios que mira y conoce nuestros corazones, elevemos con humildad nuestras oraciones diciendo: «Señor,

APIÁDATE DE NOSOTROS Y ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN».

  1. Para que la Iglesia, casa de todos, haga suyas las preocupaciones, éxitos y fracasos de todos los hombres, especialmente de los más desfavorecidos en la sociedad. Oremos.
  2. Para que los responsables de dirigir los destinos de los pueblos superen la tentación egoísta de la corrupción y pongan todos los recursos del estado en favor del hombre. Oremos.
  3. Para que los cristianos no seamos indiferentes ante el dolor y el hambre que azota a miles de hermanos que tienen que migrar a otros países buscando un mejor futuro. Oremos.
  4. Para que la celebración de esta Misa dominical nos ayude a todos los aquí presentes a no discriminar a nadie y aprender a reconocer lo bueno que hay en el prójimo. Oremos.

 

EXHORTACIÓN FINAL

 

Gracias, Padre, por la lección de conversión que hoy

nos da Jesús en la parábola del fariseo y del publicano.

Haznos, Señor, entender que somos tan fariseos como pecadores,

tan hipócritas como mezquinos, tan necios como soberbios.

Nosotros encasillamos de una vez por todas a los demás,

pero tú eres el que brinda siempre una segunda oportunidad.

Tú crees en el hombre a pesar de todo, porque tu misericordia,

tú compasión, tu paciencia, tu amor y tu perdón no tienen límite.

Líbranos, Señor, de la religiosidad de escaparate,

y haz que la brisa de tu ternura oree nuestro yermo corazón

con la esperanza y el gusto de tu banquete de fiesta.

Amén.