TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C (NOVIEMBRE 6 DE 2022)
MONICIÓN DE ENTRADA
UN DESTINO DE VIDA
Nos acercamos al final del año litúrgico. Las lecturas nos ayudan a prepararnos para la última venida de Cristo. San Pablo en la segunda lectura, nos dice cómo podemos vivir. Las otras dos lecturas nos prometen la resurrección de los muertos. La participación en la eucaristía nos garantiza que seremos recibidos en el Reino del Padre donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna en su gloria. Nos ponemos de pie para empezar esta celebración, mientras cantamos con alegría.
MONICIÓN PARA TODAS LAS LECTURAS
Las lecturas de hoy nos ponen ante la muerte y la resurrección. La muerte no tiene la última palabra; por eso no hay que tenerle miedo a morir en manos de los hombres, como lo relata la primera lectura, pues al despertar nos saciaremos de la presencia de Dios, como lo proclamaremos en el salmo. Jesús nos confirma en el Evangelio de hoy esta gran verdad. Escuchemos atentos.
PRIMERA LECTURA
Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.9-14)
En aquellos días, sucedió que arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás:
«Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres».
El segundo, estando a punto de morir, dijo:
«Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna».
Después se burlaron del tercero. Cuando le pidieron que sacara la lengua, lo hizo enseguida y presentó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
«Del Cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios».
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.
Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a punto de morir, dijo:
«Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».
Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (2,16–3,5)
Hermanos:
Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos.
El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.
En cuanto a vosotros, estamos seguros en el Señor de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos mandado.
Que el Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y la paciencia en Cristo.
Palabra de Dios
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38)
En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».
Palabra del Señor.
HOMILIA
En este trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos recuerda la importancia de la esperanza anclada en Cristo y en nuestra resurrección en Él. Se nos recuerda que, si perseveramos valientemente las tentaciones, dificultades y persecuciones de esta vida, lograremos nuestra esperanza en Cristo.
Lo que nos mantiene firmes como cristianos es la esperanza que algún día nuestra vida sería mejor. Es la esperanza de que “nos veremos a dios cara a cara “(Ap. 22:4). Es la esperanza de que la plenitud de la vida no reside aquí en la tierra, sino en el reino eterno de Dios. Por lo tanto, la Iglesia nos enseña que: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino del cielo y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. CIC1817).
La primera lectura de hoy podría resumirse en este simple adagio latino que dice: “¡Tolerandum et sperandum (debemos aguantar y esperar)!” La historia de los siete hermanos es un ejemplo típico de cómo la esperanza puede sostenernos. Lo que estaba en juego era algo más que de comer la carne de cerdo. Más bien, era sobre el mandato de Dios su valor, y su identidad como el pueblo de Dios.
Se enfrentaron persecución valientemente por la esperanza que tenían en la promesa de Dios de la vida eterna: “Era cielo, que me dio estos miembros…de él espero recibirlos nuevamente.” La lección que debemos aprender de este acto heroico es que no debemos tener miedo de persecuciones o dificultades por nuestra fe en Cristo. Más bien, debemos dejar que la esperanza que tenemos en la vida eterna nos sostiene siempre. “Mantengamos firmes sin perder nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (Heb 10: 23).
En la segunda lectura, Pablo oro por nosotros. Pidió a “Dios que equipa con comodidad y esperanza, que nos fortalece en todo lo que es bueno.” Pablo escribió a un pueblo, que debido muchos sufrimientos, persecuciones y dificultades espera el inmediato regreso de Cristo. Por lo tanto, él escribió para animarlos a soportar mientras que esperan el cumplimiento de la promesa de Cristo. Por lo tanto, se ora por la fuerza que se sostienen en sus tiempos de sufrimientos y duros: “…el Señor es fiel y les dará fuerza y les guardará del todo mal…”
El Evangelio de hoy es sobre la esperanza. Es decir, ¡la esperanza en la resurrección de los muertos! Los saduceos sólo estaban buscando una manera de atrapar a Cristo. También, querían justificar su creencia de que la vida termina aquí en la tierra. Sin embargo, estaban equivocados. A través de su discusión con ellos, Cristo nos asegura que la vida no termina aquí. Por lo tanto, Pablo nos recuerda que: “Si nuestra esperanza en Cristo es sólo para esta vida, entonces nos merecen más lástima que nadie” (I Co 15:19). Nuestra esperanza no debe terminar aquí porque estamos en un viaje hacia la vida eterna en Cristo.
Hoy, la Iglesia nos llama a permanecer firmes a la esperanza que tenemos en el gozoso cumplimiento de las promesas de Dios y de nuestra resurrección en Cristo. Esperanza fortalece nuestra fe, y nos mantiene orando. Oremos entonces con el salmista al Señor: “Escóndeme a la sombra de tus alas, y al despertar, me saciaré de tu presencia con la visión de tu gloria.
ORACIÓN DE LOS FIELES
Presidente: Oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre, y pidámosle que infunda su Espíritu en nosotros, al presentarle nuestra oración. Unámonos todos diciendo:
«Atiende, Señor, nuestras súplicas»
- Por la Iglesia, para que sepa presentar el mensaje cristiano atrayente para todos. Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes que tiranizan a los pueblos, para que vuelvan su mirada al Señor de la vida y puedan obrar conforme a la voluntad de Dios. Roguemos al Señor.
- Por los que son perseguidos por defender la vida, para que no dejen nunca de ser testigos ejemplares del Reino de Dios. Roguemos al Señor.
- Por nuestros hermanos difuntos, para que, por la misericordia de Dios, sean dignos de participar en la resurrección al final de los tiempos. Roguemos al Señor.
- Por todos nosotros, para que, celebrando el memorial del Señor hasta que Él vuelva,
- permanezcamos en vigilancia activa y mantengamos viva la llama de la fe, ayudando también a otros a permanecer perseverantes. Roguemos al Señor.
EXHORTACIÓN FINAL
A ti, Señor, alzamos nuestras manos, invocándote; escucha las súplicas que te hemos presentado y atiende las que se han quedado en lo más profundo de nuestros corazones. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
