Diferenciamos dos partes en el texto del evangelio de este domingo (Juan 15, 1-8): la primera presenta la alegoría de la vid, la segunda ofrece una aplicación de la alegoría en orden a la necesidad de la comunión con Jesús para llevar una existencia cristiana fecunda.
Si tenemos presente que Jesús se identifica con la vid, la alegoría o aplicación de la imagen en la segunda parte resulta atrevida en el sentido del actuar del Padre como labrador que ‘arranca’ los sarmientos que no dan fruto y poda los que sí producen.
La tarea de limpiar la realiza el Padre mediante la palabra de Jesús: «Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado». De modo que acoger en la obediencia de la fe el Evangelio de Jesús es lo que lleva a los discípulos a ser fecundos.
De otra parte, el texto desarrolla el tema de la comunión del discípulo con Jesús en términos de ‘permanecer’. El sarmiento únicamente puede existir en la vid, de modo que el sarmiento lleva la vid consigo. A partir de ello entendemos que uno llega a ser discípulo por la transformación íntima que se produce a acoger la palabra que limpia y esta situación de discipulado se conserva por un permanente estado de conversión, es decir, por una continua búsqueda de la voluntad de Dios.
El texto concluye con una promesa de Jesús: «Pidan lo que deseen, y se realizará». Un discípulo que ha comprendido que únicamente existe estando unido a Jesús y que solo así llega a ser fecundo, su oración solo lo llevará a pedir la gracia para continuar siendo fiel.
