Gracias te damos por el amor, por el don de la vida, y por la fiesta marcada por la alegría, que podemos celebrar en este día de san Juan Bautista.
¿Quién no se alegra con el nacimiento de un niño? Por la sencilla razón de que un niño recién nacido es signo de esperanza. Es la vida que brota nueva. Es la primavera. Es la promesa de futuro hecha realidad. El niño recién nacido, cambia las relaciones de los esposos, da nueva vida a los abuelos, genera una nueva forma de estar en familia, alegra la vida de tíos. En fin, trae felicidad. Zacarías e Isabel no habían sido bendecidos con hijos. Por eso la alegría de aquel nacimiento fue mayor de lo normal. Todos se sentían llenos de esperanza. Podían mirar al futuro con tranquilidad. Había un niño que extendería la vida de la familia, que portaría su nombre. El futuro de un niño es siempre una sorpresa. Y Juan fue una sorpresa para sus familiares. Su vida no le llevó a hacer un trabajo normal sino a alentar la esperanza del pueblo. ¿Qué trabajo mejor que alentar la esperanza de los demás?
Hoy te pedimos que nos ayudes a proclamar tu mensaje de esperanza y optimismo. Danos el valor de abandonar nuestras comodidades y actitudes y de abrirnos resueltamente a nuestros hermanos y mostrar el camino que tú nos ofreces; cambia nuestros corazones; pon en nuestros labios palabras de fe, esperanza y caridad, haz que nuestras acciones, como las de Juan, hablen sin miedo tu lenguaje de amor, humildad y sencillez. Amén.
Un muy feliz, bendecido y testimoniado miércoles.
Palabra del Papa
Siguiendo el ejemplo de san Juan, voz de la Palabra. La reflexión del Papa se centró en el citado paralelismo, porque «la Iglesia tiene algo de Juan», si bien —alertó enseguida— es difícil delinear su figura. «Jesús dice que es el hombre más grande que haya nacido». He aquí entonces la invitación a preguntarse quién es verdaderamente Juan, dejando la palabra al protagonista mismo. Él, en efecto, cuando «los escribas, los fariseos, van a pedirle que explique mejor quién era», responde claramente: «Yo no soy el Mesías. Yo soy una voz, una voz en el desierto» […] Mientras que él es «la voz, una voz sin palabra, porque la palabra no es él, es otro. Él es quien habla, pero no dice; es quien predica acerca de otro que vendrá después». En todo esto —explicó el Papa— está «el misterio de Juan» que «nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro. Y Juan es quien indica, quien enseña» […] Y cuando Jesús comenzó a predicar», la luz de Juan empezó a disiparse, «a disminuir, a desvanecerse». Él mismo lo dice con claridad al hablar de su propia misión: «Es necesario que Él crezca y yo mengüe». «Voz, no palabra; luz, pero no propia, Juan parece ser nadie», sintetizó el Pontífice. He aquí desvelada «la vocación» del Bautista —afirmó—: «Rebajarse. Cuando contemplamos la vida de este hombre tan grande, tan poderoso —todos creían que era el Mesías—, cuando contemplamos cómo esta vida se rebaja hasta la oscuridad de una cárcel, contemplamos un misterio» enorme (papa Francisco, lunes 24 de junio de 2013).
